“En el niño vive el Hombre del Futuro”, según William Wordsworth, pedagogo de la línea Waldorf (*)
Un niño actuará según las experiencias vividas en su entorno y según la herencia recibidas por su padres, no obstante, cada uno tiene un “ser interior” que hace uso de forma única y determinada de todas esas influencias.
Por ello, el entorno del niño debe ser propicio para que pueda desarrollar ese “ser interior”, que lo hace irrepetible y que le trae aparejado una misión única en esta vida.
El contexto humano debe fortalecer la seguridad interna del niño que crece, debe fortalecer su imaginación, facilitar el juego, propiciar y cautivar sus gustos. Debe darle el espacio que necesita para desarrollar sus capacidad, sus juegos, sus actividades. Estas deben despertar y cultivar las facultades latentes en el niño.
Por ello, el entorno del niño debe ser propicio para que pueda desarrollar ese “ser interior”, que lo hace irrepetible y que le trae aparejado una misión única en esta vida.
El contexto humano debe fortalecer la seguridad interna del niño que crece, debe fortalecer su imaginación, facilitar el juego, propiciar y cautivar sus gustos. Debe darle el espacio que necesita para desarrollar sus capacidad, sus juegos, sus actividades. Estas deben despertar y cultivar las facultades latentes en el niño.
El niño en su crecimiento vive en dependencia de la humanidad que demuestra el adulto- proceso que con el inicio de la pubertad comienza a extinguirse- por ello, lo importante no es cuánto o qué conoce el adulto sino “cómo” lo conoce. Es decir, el adulto debe ser coherente con su pensar, su decir y su actuar. “Cada nuevo paso en el camino del conocimiento y la experiencia no comporta solamente en un aumento de poder o de eficiencia, la comprensión creciente y la responsabilidad progresiva sobre un mundo visto globalmente deben confluir de manera gradual”.
Como el niño está en convivencia con el adulto, toma de él su modo de vida. Allí se despierta la capacidad de vivir en una sociedad de manera responsable y comprensiva.
En el niño encontramos un tesoro y como educadores debemos eliminar todos los obstáculos existentes en la sociedad, que puedan impedir el desarrollo de los dones únicos de ese niño. También debemos descubrir falencias y buscar el modo de contemplarlas como oportunidades para desarrollar otras virtudes o actitudes.
Para ello se necesita capacidad de aprender desde la propia experiencia, desarrollar nuevas fuerzas a partir de los errores y superar las limitaciones que como educadores tenemos insertas desde que nacemos. La fuerza para lograr todo se encuentra en el interior del hombre, “ el ser que nunca puede ser objeto de educación”.
Como el niño está en convivencia con el adulto, toma de él su modo de vida. Allí se despierta la capacidad de vivir en una sociedad de manera responsable y comprensiva.
En el niño encontramos un tesoro y como educadores debemos eliminar todos los obstáculos existentes en la sociedad, que puedan impedir el desarrollo de los dones únicos de ese niño. También debemos descubrir falencias y buscar el modo de contemplarlas como oportunidades para desarrollar otras virtudes o actitudes.
Para ello se necesita capacidad de aprender desde la propia experiencia, desarrollar nuevas fuerzas a partir de los errores y superar las limitaciones que como educadores tenemos insertas desde que nacemos. La fuerza para lograr todo se encuentra en el interior del hombre, “ el ser que nunca puede ser objeto de educación”.
(*) La educación Waldorf tiene sus raíces en la investigación científico-espiritual del científico y pensador austriaco Rudolf Steiner. De acuerdo con la filosofía de Steiner, el ser humano es un ser tripartito en espíritu, alma y cuerpo, cuyas capacidades se despliegan en tres etapas de desarrollo en el sendero hacia la vida adulta: la primera infancia, la niñez, y la adolescencia.